Del miedo al azar.
El azar es aterrador. Nos cuesta vivir pensando que una mañana cualquiera el ascensor se puede descolgar con nosotros dentro, que nos puede caer una teja en la cabeza, atropellar un autobús urbano o sencillamente podemos enfermar. Por esa razón nos gustan tanto los cánceres de pulmón de los fumadores o los tumores hepáticos de los alcohólicos (si, estoy parafraseando a House): nos da una cierta sensación de justicia, eluden en cierto modo el azar, porque pensamos que en parte lo merecen, sabían a lo que se exponían cuando fumaban y bebían. No dudamos en calificar al resto de tumores y cánceres como irracionales o injustos. Cuando la realidad es que es simple cuestión de azar y el alcohol, el tabaco y la mala vida solo tuercen un poco la balanza.
Incluso nos gusta desarrollar teorías lúdicas, como la de Murphy (alabado sea) en la cual culpamos a las cosas y a su voluntad maliciosa. Las cosas nos odian. Millas ha escrito últimamente un libro relacionado con esto.
Las religiones, la futurología, la astrolgía, tratan de solventar el mismo problema, el absurdo del azar. Metiendo a un dios o a un destino por el medio el día a día nos resulta más soportable, porque es muy duro pensar que el mundo no es justo o injusto, solo se rige por las leyes de la casualidad. Y uno puede ser un villano toda su vida y tener la suerte de vivir un montón de años y ser feliz a costa de la infelicidad o desgracia ajena. Los creyentes al menos tienen un infierno que pasa el rasero. Yo no creo que haya rasero, simplemente gente desafortunada. Y gente amoral, entre los que se incluyen ateos y creyentes, por supuesto.
El azar domina incluso el mundo de la física, las partículas no se rigen por leyes rígidas, sino por las leyes de la probabilidad y un átomo no se encuentra en una posición determinada, sino que tiene más probabilidades de encontrarse en una posición que en otra. Científicos de primer orden, como Einstein, no fueron capaces de asumir tanto azar y declaró la famosa frase (tantas veces sacada de contexto): "Dios no juega a los dados".
Dios puede que no, pero nuestro mundo sí que parece un juego de fortuna.

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